
LA JEFA
Ana Irina Sergrañes · Arte naïf cubano
Una mirada auténtica al arte, la memoria y el color.
Biografía
De niña ella correteaba por las calles antiguas de La Habana y entrecerraba sus ojitos de guajira habanera e iba dibujando con los deditos la silueta de ese imponente Palacio de los Matrimonios mientras le inventaba unos crepúsculos en rojos ladrillo, en amarillos anaranjados y en azules hipnóticos. Después caminaba, ya adolescente, por el Paseo de los Artistas y trataba de no pisotear las negras rayas reticulares de Lam y de Elsa María Meléndez, Anaida Hernández y Gisela Colón…. Una tarde viajó a Matanzas y fue entonces cuando sintió que todos los verdes con sus orgásmicos tonos de caña de azúcar la poseían y fue así como sus dos partos ligaron una cornucopia colorida que a ella se le revelaba como un coro de ángeles artistas intentando escapar montados en una canoa de mediaslunas.
Y el mar se le hizo estela de mil colores profanos, la cual le serviría de faldón, de blusa y abrigo, de chal violeta donde miles de seres intercambiaban fluidos multicolores en una guagua similar a la de Caronte.
Más tarde despertó en una nube de piedra lapislázuli y dudó en alegrarse o llorar mientras se reconocía viva e impregnada de los colores ocres de unos mil territorios ajenos. Empezó a dibujarse y a pintarse en aquella cruda barca de la vida dura. Ora con carbones, ora con pedazos de desconchadas paredes, luego con pintura de uñas que iba encontrando en sus propias huellas y heridas.
Ana Irina Sergrañes llega a Miami con un arte genuino, único, irrepetible. Esas pinturas suyas bien pueden asumirse como esos botes esperanzados que en la orilla del mar dibujan las arenas de su sentir esperanzado.
Ella nació en La Habana, bajo el signo de Escorpio y la luna llena, en 10 de noviembre de 1985. Es casi esa misma niña del comienzo: pinta que pinta, crea que recrea. Una artista que recién inicia su verdadero viaje hacia la vida perdurable. Ella pinta con ese material compacto de los sueños. ¿Su sueño? Traerse con ella a Roanny e Iriannys, su hijo e hija, junto con la bella Mamá Inés, la que le enseñó a retratar a “todos los negros tomando café”, como ella dice, con su humor amplio como la Calle 8 por ella también reflejada. Irina juega con su apodo, “Jefa” y por eso sus cuadros no llevan nombre y, si la comprendemos, tampoco llevan fecha. Cuando el arte, su ARTE, insurge así, desde lo profundo de sus entrañas, entonces estás listo para entender el ánima de Irina. Una niña Yoruba que recién aprende a pintar sobre sus citas con ángeles. Un milagro exquisito del Arte.
